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..:: Deficiente-Forum - Internacional ::.. => Español => Noticias Internacionais => Noticias => Tópico iniciado por: RoterTeufel em 09/06/2012, 11:58
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Tres generaciones en la mina de carbón
Cuando era niño su padre le regalaba las pelotas lanzadas por los antidisturbios y él veía desde la ventana de su casa de Mieres, en Asturias, los enfrentamientos. Ahora con 27 años, los dos comparten barricada. José Manuel Periscal, hijo, trabaja desde hace tres años en Hunosa. Antes pasó por varias explotaciones privadas. Decidió entrar en la mina porque "era el único lugar que me ofrecía unas condiciones laborales dignas. No tengo un sueldo de la leche, cobro 1.300 euros y a veces menos, pero eso sí, me pagan cada hora extra y respetan mis derechos".
Sabe que conseguirlos costó mucho sufrimiento a los que le precedieron. Entre ellos su padre, José Manuel Periscal, que a sus 49 años lleva tres prejubilado y a su abuelo Rogelio Álvarez, que le mira ahora con tristeza. Jubilado de la mina, recuerda, a sus 70 años, los duros tiempos pasados.
Las huelgas de antes
"Lo de antes sí que eran huelgas". Hasta tres meses parados sin cobrar en 1962 y otros tres en el 66. La familia subsistía sin ingresos gracias a la solidaridad de los vecinos y a los comercios que "te fiaban, porque de la minería, entonces, como hoy, no viven sólo los que trabajan en el pozu". En plena dictadura no había enfrentamientos con las fuerzas de seguridad, "simplemente venían a buscarte al tajo, te llevaban al cuartel y te daban palos y más palos". Aún así aguantaron y consiguieron mejorar las condiciones de trabajo. Más vacaciones, hasta entonces sólo 15 días, y mayor seguridad. "Pasamos a barrenar con agua y así bajar los índices de polvo para evitar silicosis". Pero la mina no es un trabajo fácil. Su hermano murió en un pozo.
A José Manuel Periscal, padre, tampoco le tocaron tiempos fáciles. Las huelgas no eran tan largas y las condiciones habían mejorado, pero siempre hubo paros de 2 o 3 días y hasta 15, o el encierro en el Pozo Barredo en el 98 que le tocó de cerca. Siempre por lo mismo, por el futuro de la minería.
No entré para prejubilarme
José Manuel Periscal, hijo, estudió un módulo de electricidad y con 19 años ya entró una explotación. Con 25 en Hunosa. "Vaya chollo, me decían. Sueldo fijo para toda la vida y con 47 años prejubilado y con pasta... Y ya ves. Me le levanto cada día a cortar carreteras y a jugarme el tipo. Yo no entré en la mina para prejubilarme sino para jubilarme trabajando como todo el mundo".
Su padre dejó la actividad con 47 años después de 21 trabajados. Reconoce que nadie le preguntó si quería hacerlo, pero también que nadie se niega. "Nos prejubilamos jóvenes, es verdad, pero tenemos un coeficiente reductor porque nuestras condiciones laborales no son las mismas que las de un médico. Entrar por aquel agujero, aunque sea para pasear, no es fácil y el que no lo crea, que pruebe a ver lo que aguanta".
Aunque se lo preguntamos varias veces no quiere hablar de cifras y alimentar el mito sobre cuánto cobra un prejubilado. "Yo te diré que al dejar de trabajar pierdo 6.000 euros al año". A fuerza de insistir nos cuenta que entre 2.000 y 2.500 euros. Aunque reconoce que hay prejubilaciones de 3.000, pocas y sólo para ciertos puestos. "Lo que ocurre es que de cada prejubilado vive una familia y ahora con la crisis hasta dos, que tiene a todos sus miembros en el paro. Conozco a varios. Además el minero cuando tiene dinero lo gasta y se nota. Si vas a un pozu y miras los cochazos allí aparcados, alucinas. Hay chavales de 20 años en paro con unos 'carros' impresionantes, porque se los regalan padres o abuelos".
'Familiares directos'
Reconocen que en las Cuencas les miran con cierta "envidia". "Tú pregunta a cualquiera y te dirá que quiere entrar en Hunosa, incluso al que te acaba de poner el café", pero cada vez es más difícil, dice Periscal, hijo. Sólo los familiares directos de fallecidos tienen preferencia absoluta a la hora de trabajar. El resto lo hacen a través de convocatoria, pero apenas hay. "Cada vez somos menos en las explotaciones y a pesar de ello, la producción tiene que salir".
Y quieren que el carbón siga saliendo. Por eso esta familia de mineros pide que las ayudas continúen, "pero no para los alcaldes que se suman ahora por solidaridad, pero también porque con esas ayudas sufragaban obras que de otro modo tendrían que pagar ellos. Las ayudas deben ir a la producción, que se gaste el dinero en los pozos y no en polígonos que están vacíos" dicen.
Aseguran que tienen fuerzas para seguir luchando y aguantar lo que sea "no nos queda otra. Si se cierra ¿qué vamos a hacer, marchar, pero si todos nos vamos, quién queda en esta tierra?", se pregunta el más joven de la saga. Su hija, Laura, de seis años, no pierde detalle de la conversación. Cuando la mira su abuelo Rogelio sólo espera seguir teniéndola cerca y que su futuro no sea tan negro como el carbón.